Y quién no

“Miau”
Mía Fernández.

Conocí a Mamen en micanoa.com. Ella dejaba atrás el primer Gran Hermano y probaba suerte en el periodismo, yo me iniciaba. Aunque ella lo niega, jamás se fijó en mí. Nos separamos: se largó a Australia y yo a Mónaco. Regresamos. Monté este sarao y ella volvió a la tele para triunfar (me reñirá, ella diría “ganarse el pan”).

Meses después me di cuenta de que era la única mujer que me hacía morir de risa. Hoy, además, es la única persona a la que admiro profundamente.

Hemos estado muy arriba y muy (muy) abajo, pero nunca lejos. Nunca.

Los dos compartimos un cierto desequilibrio mental que socialmente se acepta y, con frecuencia, se celebra. Nos hace cómplices. No obstante en este tema le saco ventaja.

Ella es la menor de sus cuatro hermanos, todos hombres, así que destila con naturalidad su lado masculino y yo, como de sobra sabes, puedo ser muy maricón.

Mamen es una mujer dispuesta a hacer un buen corte de manga y eso es lo primero en lo que me fijé, una vez aparté sus curvas, claro, porque Mamen tiene una larga lista de followers que llorarán el próximo cinco de junio. Junto al mar. Disfrazados de piratas.

Mamen es lo mejor que le puede pasar a un hombre, y lo sé, y si creyera en Dios se lo agradecería, pero sólo creo en ella.

Azul

Hace tres meses cumplí siete años de magnoliart. No sé si es mucho o poco. Creo que las dos cosas. Me engaño con que he vivido épocas más difíciles, me aplaudo cuando estoy abajo, cuando subo me olvido el paracaídas, y cuando estoy en el punto medio me pierdo, porque ése no soy yo.

Soy el colmo de la contradicción, y lucharé contra todos los que digan lo mismo que yo (y no me contradigan). Junto un siglo y un segundo y me pregunto si hay algo que cantar.

Quería ser libre, a sabiendas de que algo (bueno) me pasaría. Yo ya había estado aquí. Permítame un aplauso: si no está dispuesto a todo, no se acerque demasiado a mí.

Usted me ha visto siempre en acto de servicio, porque siento una simpatía natural y espontanea hacia las cosas extraordinarias, porque me dibujan las cosas extraordinarias, porque me hacen sentir como en casa.

He aprendido a perder el miedo al fracaso. Es lo más valioso que me han dado estos siete años. El fracaso lo mastico, lo disfruto, me reconozco y lo llamo azul: “He tenido un azul, sigamos adelante”, me digo, y entonces me doy cuenta de que, en algunas ocasiones, sólo con sustituir una palabra -violada- todo es más fácil.

Viva el azul.

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A veces, seis minutos.

Caracortada

Yo temo a la multitud
El gritar es su virtud
Su entusiasmo es nuestra perdición
¡para nuestra revolución!
Teddy & Friends.

Hace años sucedió un hecho formidable en la historia de Internet de nuestro país. Sucedió que si un usuario buscaba en Google la palabra “ladrones” y daba al botón “voy a tener suerte” accedía directamente a la web de la SGAE. Ardió Troya. Sin embargo, no vi a nadie tratarlo como un indicador. No escuché a ningún cantante interesarse por este dato, porque eso es lo que era, un dato.

El botón de “voy a tener suerte” de Google lleva al primer resultado que ofrecería en una búsqueda natural. Y si una web aparece encima de otra es, básicamente, porque tiene más y mejores enlaces que contienen la palabra buscada. Así que Google relaciona una web (en el mundo real diríamos ‘marca’) con una palabra. Exactamente igual que una persona: Tuenti – adolescencia; Lidl – barato; Telefónica – monopolio.

Cada una de ellas se preocupa de que esa relación se mantenga así o no.

Si, además, observamos otros indicadores, como el número de denuncias interpuestas a webmasters por contener esa relación, o llegados a este punto, opinión, las personas que están opinando en contra de esa institución valen mucho más y cobran más fuerza socialmente, pues se arriesgan a recibir una denuncia. Y siempre se premia al que le echa valor. Incluso aunque se equivoque.

Más local: tengo un amigo que es propietario de una página anti-Sgae y puedo decir que, desde que la tiene, ha incrementado su nivel en el grupo. Es más, creo que ya ha perdido la cuenta de las veces que le han llamado “puto amo”. Así que en ese grupo, cuando se habla de la Sgae, habla él y los demás callamos. La mancha se extiende y se solidifica.

La no intervención en el verdadero problema genera otros mucho mayores, como que es posible que este post tenga más eco del habitual, en lugar de controlar los mensajes desde el departamento de comunicación.

Pero si solo fuera esto… la SGAE pone en bandeja que aparezcan nuevas contracampañas mucho más agresivas (PutaSgae, por ejemplo), nuevos protagonistas que, aplaudidos por una masa social presa de la indignación, acudan a dar la cara en los debates sobre la cuestión de la propiedad intelectual, y la bola sigue creciendo, y se hace mediático. Y divide a los artistas, muchos de ellos condenados para siempre por decir lo que no piensan. Pero lo peor es que el mensaje acaba calando y todo pasa a ser surrealista.

En realidad es primero de Marketing: si alguien emplea un esfuerzo en favorecer a tu marca, mímalo. Si es para todo lo contrario, preocúpate, porque la mancha negativa se extiende con más facilidad que la positiva. Pero también es primero de EGB: si eres un imbécil lo normal es que no tengas amigos. Es un mecanismo de corrección social que, generalmente, funciona bastante bien en las sociedades con un mínimo de cultura.

Se puede interpretar que hubo una inundación de mala leche y todo el mundo enlazó a la SGAE con la palabra “ladrones” y así utilizar el propio algoritmo de Google en su beneficio (¿cuál?), o, por contra, podemos meditar la situación: quizás los miembros de la SGAE, los artistas, se debían haber preocupado por la razón en virtud de la cual no son los primeros por la palabra “música”.

Y es curioso, porque el sentido actual de la palabra música es hasta emocionante y muchos empresarios están demostrando que han comprendido ese significado. Spotify es un claro ejemplo.

Un reto que hubiera sido más apasionante, desde luego, que el de la persecución. El señor X, por ejemplo, es una víctima de esta filosofía, e imagen inseparable de la marca Sgae en la mente de los españoles. Condenado para siempre. No hay cárcel peor. Un castigo excesivo para un simple mensajero.

La Sgae demuestra con su manía persecutoria estar ajena al mundo musical. O peor, ajena al arte. Un cuadro de un museo siempre podrá ser robado mientras exista un comprador en el mercado negro, por muchas medidas de seguridad que tenga. No se trata de enjaular el arte, sino de educar a la masa para que comprenda y ame tan profundamente al artista, que condene ella misma un robo.

El arte no tiene valor económico. ¿Cuánto vale El Grito de Munch? Qué importa la valoración que hagan los “expertos”, nadie ha sabido expresar la angustia como él y eso no se puede traducir en términos económicos. El Grito de Munch es mío en el momento en el que me sobrecogió. El Grito de Munch no es, ni siquiera, un cuadro. Es una idea, es una imagen que mi cerebro necesitaba para relacionarla con un significado, y cuando una relación es perfecta un hombre se siente libre, actúa como tal y deja de tener miedo. Y se vuelve un enemigo del poder, por eso el arte ha estado siempre a su servicio.

No es posible medir todo esto en dinero (aunque quizá sí: en dinero que pierden los no-artistas en empeñarse en serlos), pero por lo visto hay que hacerlo, así que se utiliza algo tan impuro como la ley de la oferta y la demanda y se establece un precio. En este sentido, algo cuesta dinero cuando hay un comprador dispuesto a pagar por ello. Si no, no vale nada. Y el arte no vale nada, porque para encontrarte con él no puedes preguntarte cuánto cuesta la Capilla Sixtina.

Un disco que no se compra probablemente sufra de un simple desajuste entre la oferta y la demanda. El precio de los discos es, a todas luces, excesivo para los jóvenes de hoy que, seguramente, prefieren gastarse 20 euros en copas que en discos. Años después, cuando las resacas les duren tres días, quizás pensarán de otra manera y… preferirán beber menos tragos pero de más calidad.

Para entonces, seguramente, ya tendrán cuenta de pago en Spotify que vendrá de regalo con la PlayStation4. Me juego, con todos vosotros, un café y un pincho de tortilla.

Cuando una industria, construida a base del exceso (no sólo del precio), olfatea su fin, utilizará todos los recursos que tenga para atajar la situación por la vía de la compra del poder, e imponer sus intereses, claro. Gobernar, en definitiva. La pega es que cuando un músico mediocre gobierna y el público empieza a silbar, pierde la melodía, la gente se ríe, y se siente un bufón en lugar de un artista. Y claro, eso le revienta. En lugar de pensar en por qué la gente lo considera un Leonardo Dantés y no un Michael Jackson, como a él le gustaría, adopta el traje de un dictador muerto de miedo: le reconcome la conciencia y ve enemigos por todas partes.

La masa es olvidadiza, pero basta con empezar a cabrearla para que saque la guillotina, aunque su hoja sea de papel y la sangre sea la tinta. Ahora somos mejores que antes. Mucho mejores, no peores, por mucho que la Sgae se empeñe, curioso destino, en llamarnos a todos ladrones.

Ortega y Gasset lo explicó muy bien, él hablaba de “sacudir la somnolencia nacional irritando a las gentes”, y Telepizza nos lo recuerda todos los días. El contenido no es el rey, es la masa. Una masa ávida de servicios, no de contenidos. La masa quiere tener la posibilidad de disponer de una canción vendida como La-Canción para comprobar si eso es cierto. Y si es cierto la comprará, calzará su merchandising, y no se perderá por nada del mundo un concierto. Pero siempre habrá un gran grupo que no, aunque le guste, como cuando los casettes.

Si esto, tal como dicen, es el final de la música, es fantástico. Que así sea, porque necesita volver a sus orígenes y renacer. Porque la música ya no es arte, es otra cosa. Es un nido de vívoras, decepción y cocaína. Y por eso la industria musical, o la industria de la fe religiosa, nunca contará con el beneplácito de una masa que sabe más cosas, sobre todo si el saber le sirve para comprobar que la han estado engañando.

Ese es el gran dilema de la persona que encarnó a Judas en Jesucristo Superstar. Que si diera su brazo a torcer estaría reconociendo que la industria ha estafado al pueblo. Que ha convencido a mucha gente, incluso a políticos de primera línea, que no son capaces de razonar lo que dicen, y ahora no les puede venir con que les había vendido una milonga más grande que lo último de Bisbal.

La Sgae es, además, el colmo de la inoportunidad. Porque en un momento tan tenso para la masa como el actual, el internauta se coloca la peineta de la indignación y la emprende con cualquier injusticia que le toque en lo más profundo (La Música, casi nada). Navega por Internet, y todo son atentados al sentido común: de todas partes le gritan “¡cómprame!”, “¡adelgaza!”, “¡alárgatela!”, los periódicos le ordenan “¡léeme!” y el banco le engaña: “¡endéudate!”. Nos gritan y cada vez somos más irritables. Es demasiada presión, y una de las fugas la ha provocado la Sgae.

La provocó en el momento en el que dejó de decir la verdad: sobre todo cuando garantiza que descargarse una canción es un delito. De hecho, parece que los asociados que hacen este tipo de declaraciones no se hubieran leído el Artículo 270 del Código Penal, que en la propia web de su ‘Sociedad’ indican, una ley en función de la cual se penaliza la copia “con ánimo de lucro y en perjuicio de tercero”.

Vale, descargar o copiar música no figura en el Código Penal como delito. Pero está mal, y eso lo sabemos (y lo sentíamos cuando los casettes) y los que argumentan a favor de la música gratis también están mintiendo (se adueñan visceralmente del sentido básico del ánimo de lucro y omiten la segunda parte, la del perjuicio a terceros). Al César lo que es del César. Pero que César curre, que son otros tiempos, en los que además de trabajar hay que aparentar que trabajas. Yo cuando escuché a Rosario diciendo que se estaban muriendo de hambre me instalé el BitTorrent por primera vez.

Pero no es mi culpa que no me den más opción que la de pasar por el aro (y sobre todo si no tengo un duro) cuando dispongo de otras opciones para conseguir… ¿el arte?.

Tampoco es mi culpa que yo me compre un disco de La Oreja de Van Gogh y sienta que me han estafado. La culpa es del estafador, que me vendía arte y resultó ser mierda. Aunque, en parte, también culpa mía, por pertenecer a una sociedad que se lo cree todo (sobre todo, lo malo), por no saber discernir entre lo que es arte y lo que es packaging.

Las discográficas se han pasado la vida tomándome por gilipollas y vendiéndome todo como la panacea musical: superhit, megahit, la sensación del momento, lo que estabas esperando, la canción del verano, la del invierno, los 40 Principales. En fin, todo eso.

Y todo eso se acaba en el momento en el que las personas tienen acceso a un catálogo musical mucho más amplio y mucho más diverso. Más aún en tiempos de economía de la atención, en donde la gente sabe lo que le gusta a otras personas, dejando en un segundo plano las falsas promesas de satisfacción. Ya ni siquiera se cree en las promesas de mejora, se acribilla todo aquello que ha hecho daño. Como tú, como yo, queremos hechos. Queremos -y necesitamos- La Verdad, incluso aunque resulte dolorosa.

Tal como se aprecia en este gráfico, tanto la palabra ‘mp3′ como las menciones en medios a este formato tienen cada día menos fuerza, al contrario que las plataformas. La gente no quiere robar, quiere escuchar. Y que la gente escuche hoy más música que nunca debería ser una gran noticia para la Sgae.

Los Bustamantes venden menos. La industria quiere seguir inyectando a Manu Tenorio a la masa aún habiendo memorizado a Bob Dylan, y eso es un insulto. Que no, que el interés por ellos -el de la novedad- se agota, incluso aunque el volumen de impactos mediáticos crezca:

Sin embargo, si la Sgae mirara por los legítimos derechos del arte, y no por buscar un respeto a las rimas de El Canto del Loco, no sufriría el linchamiento actual. Pero claro, para esto es necesario que haya arte. Y eso, hoy, es un bien escaso. La Sgae también es víctima de la mediocridad. Lo cual no justifica sus actos, como es obvio.

Nadie tiene el derecho a perseguir a una persona por contemplar a Las Meninas o por perder el tiempo escuchando a Melendi sin pagar por ello. Vivimos en un mundo tan artificial, que lo natural resulta extraño.

El movimiento punk pretendió explicar algo parecido, pero no supo razonarlo. Así que se suicidaron todos por no entender su propio mensaje. Las drogas y, entre ellas, el alcohol, ayudan a ver las cosas de otra manera más deshinibida, pero no a razonar mejor.

No sabían quiénes eran, y cuando se miraban al espejo sólo veían un desecho humano.

La Sgae -y todos y cada uno de sus socios- se ha autolesionado por no saber quién era. La herida es inmensa, y siempre lucirá en el rostro la cicatriz de la vergüenza.

Para siempre

Esperaba en la cola del supermercado y una mujer le decía a la cajera que le había cobrado de menos. Mientras, recordé que aquella misma mañana un cliente nos había pagado puntualmente.

La mujer del súper, sin saberlo, creó un vínculo afectivo con la cajera, pues gracias a ese gesto no tendría que aguantar al imbécil de su jefe reclamándole que cobre bien a los clientes. Días después supe que aquella anécdota la contó en casa con emoción.

Dicho sea, de paso, que a nuestro cliente, a base de honestidad, le va de maravilla con sus proveedores y clientela. Yo, y cualquiera, trabaja mejor con una persona así.

Dos semanas después volví al mismo supermercado. Un hombre salió apresuradamente cargado de bolsas hacia su coche. La cajera, a la que algo no le cuadraba, se dio cuenta de que había cobrado cinco euros de menos. Salió en su busca pero no dio con él. La ocasión y la espera también me dio para meditar un rato, no en vano acababa de salir de los Juzgados de Plaza de Castilla, en donde tuve que escuchar a un antiguo cliente contar mentiras a un juez para no pagar una factura pendiente.

La cajera tuvo que poner los cinco euros de su bolsillo y mi antiguo cliente perdió el juicio. Los dos. Del anormal que salió corriendo por ganar cinco euros no sé nada, pero suficiente desgracia tiene en el cuerpo, imagino.

Ayer un venezolano entró en el restaurante en donde habitualmente me alimento al mediodía. Le habían robado la cartera y el móvil y no tenía manera de sacar su coche del parking, pues con su cartera se había marchado también el ticket y cuarenta eurazos de sanción que tenía que pagar si quería retirarlo. El propietario del restaurante le cedió su móvil para que llamara a su novia. Antes de que colgara, el dueño se sacó cincuenta euros de su bolsillo y se los dio.

El venezolano se quedó de piedra. Que le den un Oscar si mentía. No supo articular ni un simple gracias. Porque no es tan simple.

Hoy había un furgón cargado con productos ibéricos en la puerta del restaurante. Me he asomado por casualidad y he visto al venezolano dejando dos cajas de vino tinto y varios jamones. Le he visto dando un abrazo a su prestamista favorito.

Después de meditar sobre todo esto he pensado que sería bueno dejarlo por escrito, al menos que quede este texto entre la marabunta de sandeces que tengo que leer a diario en los diarios, entre las torpes acepciones que se transmiten de un lado a otro del charco, con más basura que contenido. Que entre la más injusta mediocridad que ha vivido jamás el ser humano haya un golpe de frescura, la de la calle. La de la realidad.

Abre la ventana o date un paseo: sopla aire fresco.